miércoles, 11 de julio de 2012

Capítulo 8 "Caracas Ciudad de Muerte" II Refugio de Muerte


II
Refugio de Muerte…

Cuando estaba caminando al local detrás de aquél sujeto, estábamos pendientes que ningún zombie nos siguiera en ese momento, mientras notaba como las 2 mujeres estaban tapizando el frente de la tienda con ropa y la pegaban con cinta adhesiva por el lado interno del mismo.

Entramos y el hombre cerró la puerta con seguro, una de las mujeres comenzó a empapar la ropa de la entrada con cloro, mientras la otra por debajo de la puerta dejaba correr agua colorada, que me parecía contenía algún desinfectante con un fuerte olor…

Pensé que podría funcionar, tal vez por un tiempo, si esas cosas seguían el olor de los vivos no nos sentirían tan fácil y rápido. Eso nos daría unos minutos u horas para ver qué haríamos, aparte que tenía que agradecerles por ayudarme ahí afuera eliminando a las tres criaturas.

Paradójicamente, el dueño del local me dijo que cuando el zombie del policía se levantó, los otros dos que estaban en la entrada se distrajeron conmigo, y el agradecía a Dios por ponerme en el camino. Me dijo que era muy bueno de mi parte haberme detenido a intentar de tomar el arma del policía para ayudarlos, aunque no tenía armas.

Él no sabía que en realidad tenía pensado tomar el arma he irme, y tampoco tenía intención de decírselo en aquel momento. El había dado por hecho que yo quería ayudarlos con el arma y eso le dio valor de salir y ayudarme cuando estuve en apuros con el arma sin balas.

Me explicó que esa tienda era de él, y las mujeres eran su esposa, su hija y su nieto, que como todas las mañanas habían ido a la misma caminando, el caos se lo encontraron cuando llegaron ya al boulevard, cuando se iban a devolver a sus hogares tenían un grupo de zombies a sus espaldas y gente corriendo.

Sí le había parecido extraño escuchar tantos disparos en las calles, pero como esta zona de caracas se había hecho tan insegura empezaron a caminar rápido para llegar al local, al principio creían que había algún enfrentamiento entre bandas, o algo así y veían a la gente corriendo en todas direcciones.

No fue sino llegando al local que vieron a algunos muertos levantarse, y comprendieron que no eran bandas o algo así, sino que estaban ocurriendo cosas mucho más grandes.

Una de las cosas que me pidieron casi instantáneamente, fue que me desnudara en la parte de atrás, y el señor me examinaría para ver que no estuviera de verdad mordido. No tuve inconvenientes con eso, en la puerta podíamos ver las sombras pasar y seguíamos escuchando los disparos.

Cuando me volví a colocar la ropa, el dueño buscó la caja de medicamentos y primeros auxilios del local y me dio un antiinflamatorio muscular, me dijo que su hija y su esposa eran medio torpes y se caían mucho por lo que siempre tenía que tener uno cerca, a lo que todos nos echamos a reír.

Pero nuestras risas fueron apagadas por un golpe en la puerta, nos callamos, volteamos a ver, un segundo golpe, se veía una sombra contra la luz matutina. Y luego la sombra continuó su camino.

Volvimos a respirar, no nos habíamos dado cuenta que todos estábamos conteniendo la respiración en ese instante, hasta que el suspiro fue grupal. El niño tendría unos 7 u 8 años de edad.

El señor Bras, que así se llamaba, sacó unas bolsas de galletas y chucherías que tenía en la parte de atrás de la tienda, no era lo mejor que podíamos comer, pero al menos era alimento para callar mi estomago.

Su esposa Rosa, y su hija Luz María estaban distrayendo al niño lo mas alejado de la entrada que podían. Bras y yo conversábamos y nos conocíamos un poco más, sabíamos que tal vez podríamos estar ahí un día, máximo dos, pero no podíamos permanecer demasiado tiempo en ese local.

La corriente de la zona había sido cortada, según nos parecía, porque no funcionaba el pequeño televisor que tenía ni las luces ni nada. Él quería ir al este, a la comisaría de Chacao donde los policías habían dicho por megáfono que montarían un puesto de avanzada de defensa. Yo intentaba de explicarle como estaba ese camino, y como esos mismos policías habían caído apenas a una cuadra de donde nos encontrábamos.

Le expliqué que tendríamos que intentar de ir hacía la zona de Plaza Venezuela, ahí estaríamos en los límites exteriores de la Universidad Central de Venezuela donde también se encontraba el Hospital Universitario, le explicaba que en cuanto saliera la guardia nacional a las calles a detener esta peste, plaga, enfermedad, profecía, maldición o lo que fuera, los hospitales y parques son los primeros lugares a verificar.

Los hospitales para poder atender a los heridos, verificar el virus y/o buscar soluciones, los parques por ser buenas zonas de fácil acceso y salida donde replegar tropas y organizarse. En la zona de Plaza Venezuela teníamos todo eso cerca, por lo que se convertía en un punto de suma importancia estratégica militar, tendríamos que conseguir una buena defensa en ese lugar.

Él no quería arriesgarse a salir con todo el caos que aún estaba en las calles y como escuchábamos todos los alborotos. Teníamos el mostrador y las pocas cosas que podían medio bloquear la puerta colocados en la entrada, y cada cierta cantidad de horas esparcían un poco más de cloro y de desinfectante.

Escuchamos policías, gritos de personas, disparos y demás. Las líneas telefónicas no estaban funcionando, o estaban congestionadas o estaban caídas. En la radio del celular solo estaba funcionando unas pocas emisoras, todas informaban a las personas que no salieran de sus casas, aún no se sabía con exactitud que estaba pasando, pero muchas personas en las calles estaban atacando sin motivo alguno, comiéndose los unos a los otros.

En muchas zonas de Caracas les habían reportado fallas eléctricas y explosiones en apartamentos, gasolineras, vehículos, choques con las autopistas trancadas… En total, quien intentara de salir en aquél momento si lograba ver la televisión o escuchar la radio estaría loco…

Aún así existían los locos. Las llamadas a la radio comenzaron a llegar informando de grupos vandálicos que estaban saqueando supermercados, tiendas deportivas, de ropa, electrodomésticos y demás.

Para el final de la tarde también hablaban de saqueos y ataques parecidos en el interior del país. Las autoridades militares ya se encontraban en las calles, pero solicitaban a las personas que no salieran de sus casas. Se había declarado la ley marcial.

Todo se estaba yendo al infierno en apenas 1 día y ya habíamos caído en ley marcial en la ciudad capital. Durante la noche las explosiones, disparos, grupos y tropas trotando frente al local fueron fácilmente escuchados.

Sin embargo no nos atrevíamos a salir, si ya había salido la guardia solo sería cuestión de tiempo de que tomaran el control, y empezaran a llevar a las personas a refugios o a revisar los locales y edificios de las zonas en busca de personas no infectadas.

Entre el Señor Bras y yo hicimos guardia esa noche… Cada uno durmió por lo menos 4 horas, el hizo la primera guardia despierto. Yo me levanté con la alarma de mi celular para la segunda, y lo encontré dormido, con una sombra junto a la puerta, golpeando suavemente y rasguñando el vidrio.

Me le acerqué suavemente a Bras, y cuando se despertó asustado le tome la mano y le hice una seña de silencio, cuando se calmó escuchó el suave golpe a la puerta de la misma sombra que yo había visto.

Se levantó lentamente, retrocedimos y tomé el desinfectante. Me volví a acercar a la puerta y dejé caer suavemente desinfectante por la ropa del suelo y que corriera un poco a la parte de afuera…

La sombra dejo de golpear por un momento. Si hubiera podido verle el rostro hubiera podido jurar que estaba olfateando. Luego de un par de minutos se retiró del lugar y nosotros pudimos sentarnos tranquilos.

Bras se disculpaba por quedarse dormido, yo le decía que no había problemas, que descansara, el tuvo un arduo camino y un duro día con su familia completa que era lo más importante en aquel momento.

No quería encariñarme demasiado con ellos, después de todo no eran mi familia, pero estando solo no podría sobrevivir tan fácilmente. Mientras mas manos útiles tuviera sería mejor, aunque sentía que estaba ganando más manos para cuidar, que manos que pudieran defender.

Coloqué de nuevo la radio de mi celular, en las emisoras que estaban transmitiendo, tenían una grabadora puesta, informaban con la voz de un hombre al parecer mayor, o por lo menos con mucha fuerza y potencia en la voz, que se había declarado el estado de emergencia nacional y la ley marcial.

La guardia nacional estaría a cargo de las calles, la comida y las necesidades básicas las cubrirían ellos lo antes posible, Las personas debían colocar sabanas blancas en sus ventanas si tenían personas que no estuvieran infectadas, y de colores si alguna había sido infectada, alcanzada o si sospechaban que pudieron infectarse por otro medio diferente al contacto físico.

No decían nada de las personas que estuvieran en locales, u oficinas. Nosotros no queríamos abrir la puerta, y el Sr. Bras estaba demasiado nervioso como para hacer movimientos bruscos que pudieran atraer la atención no deseada de las criaturas del exterior.

El segundo día dentro del local, no pasó muy diferente al primero. Recuerdo que las peores cosas que sentimos y escuchamos eran principalmente los disparos y los comandos retrocediendo mientras disparaban. Nosotros nos cubríamos y refugiábamos en el local como podíamos rezando porque las balas no destruyeran la entrada y nos quedáramos indefensos y con la necesidad de salir sí o sí de aquél lugar.

Sin embargo en la tarde, cuando el niño Miguelito, (se llamaba Miguel pero todos lo llamaban Miguelito), se comió la última galleta que tenían y se quejaba del hambre, también nos dimos cuenta que el botellón de agua se había agotado, y no podríamos estar ahí demasiado tiempo.

El señor Bras tomo valor y convenció a su familia que tendríamos que salir, aunque no le gustaba la idea cuando aún la situación seguía siendo tan caótica por lo poco que conocíamos del exterior del local.

Por lo menos aceptó mi idea de retirarnos al centro, hacia Plaza Venezuela, pues el último grupo armado que habíamos escuchado retrocedía en esa dirección. Lo mejor sería salir en la noche, en el amparo de la oscuridad podríamos tener mayor posibilidad de ocultarnos visualmente, para mí sería una ventaja, tal vez para él no…

Lo principal que pensaba es que en caso de que atraparan a uno de nosotros tenía que ser inmediatamente eliminado, le dije que si yo era mordido y tenía posibilidad de matarme antes de irse que lo hiciera, pero el no quería el mismo trato con su familia.

El quería que si alguno era mordido o atacado se le dejara vivir hasta su último respiro, y luego se le matara, yo sabía que si eso pasaba, y por su comportamiento, el no permitiría que igual tocaran a su familia y eso sería seguramente su perdición.

Entonces decidimos salir al caer la noche, armados con palos de escobas que convertimos en estacas y otras en lanzas, junto con 2 bates que tenía en la tienda para que su nieto jugara, yo con una pistola 9mm sin balas y con la intensión de llegar a Plaza Venezuela de una sola carrera.

Caminando en un día normal antes de todo este Apocalipsis, uno podía tardarse unos 30 minutos máximo si no se detenía a ver las tiendas, y eso suponiendo que ibas caminando lento, pero este no sería el caso.

Nos preparamos tras la puerta, medio quitamos unos laterales de la ropa en diferentes lugares de la entrada para poder ver como estaba las cosas en los alrededores antes de salir…

La calle parecía como si hubiera llovido, había partes de cuerpos desperdigadas por el suelo, brazos, corazones, intestinos… Nos dimos cuenta que el liquido de las calles no era de lluvia, sino la sangre que corría y se encontraba estancada placidamente en el suelo de todos los que habían pasado por el lugar…

El señor Bras decidió vendarle los ojos a Miguelito, pues no quería que viera esos horrores. Desde mi punto de vista otro error más, pues un niño ciego no podrá correr en caso de que les pase algo a ellos, pero había aprendido que en las decisiones de ellos como familia no debía involucrarme… Y de muy mala manera.

Abrimos la puerta, he inmediatamente tuve mi primer susto, de un lado de la puerta, recostado donde no pudimos verlo, un zombie se encontraba tumbado en el suelo sin la parte inferior del cuerpo, arrastrándose sobre su torso, usando la fuerza de sus manos y brazos, y al abrir la puerta lo primero que hizo fue tomar la pierna del señor Bras que le quedó más cerca que la mía.

Inmediatamente le clavamos, mas por reflejo que por sincronización, los primeros palos de escoba en el cráneo, escuchando el romper de los huesos, el aplastar de la carne, como si un pedazo de carne molida se te cayera al suelo cuando cocinabas, y un sonido gutural de la garganta de la criatura con su último aliento.

Nos miramos la cara, y el se apartó para vomitar… Yo pensé que ya me había insensibilizado de todo aquello, pues pude contener las ganas de vomitar, Luz se había devuelto corriendo al interior del local, con el niño, la señora Rosa se puso a llorar a un lado de la puerta y yo tuve que jalar para adentro al Sr. Bras de nuevo y cerrar la puerta antes de que más zombies nos rodearan por ese primer paso tan desastroso…

Cerré de nuevo la puerta tras de mí, y les pedí silencio, pero estaban muertas del pánico, temblando, llorando. El niño se veía que se había hecho encima, a pesar de no haber visto nada por tener los ojos vendados, los gritos de su mamá lo hicieron asustarse por completo…

Yo me acerqué a ayudarlos, y Bras se puso agresivo conmigo, me culpaba que el agua y las galletas se acabaran un día antes de lo que podían haber durado para el niño, me insultaba y me reclamaba…

Yo solo podía retroceder, no quería problemas y menos cuando me habían ayudado, tal vez tuviera razón pero un día más de comida, o de agua no hubiera hecho mayor diferencia, algún día tendrían que salir de ese lugar, por las buenas o por las malas.

A mis espaldas, el vidrio de la puerta comenzó a partirse con las criaturas que la golpeaban que habían escuchado el alboroto, ahora estaba seguro que por las malas era nuestra única opción en ese momento.